Por Therese Jamaa, vicepresidenta de alianzas estratégicas en Openchip
Barcelona, 8 de septiembre de 2026.- Cada 8 de septiembre, el Día Internacional de la Alfabetización nos recuerda que aprender a leer y escribir ha sido una de las mayores conquistas de progreso y libertad de la humanidad. Sin embargo, en un mundo marcado por la disrupción tecnológica, la definición de alfabetización ha dejado de ser estática. Tal como señala la UNESCO, la alfabetización es un derecho humano fundamental que hoy exige expandir sus fronteras hacia la adquisición de competencias digitales y tecnológicas para construir sociedades más justas e instruidas.
Comprender la tecnología, la ciencia y la inteligencia artificial es la nueva alfabetización. Ya no se trata únicamente de utilizar nuevas herramientas como meros usuarios, sino de garantizar que cualquier persona tenga el conocimiento, la curiosidad y la confianza necesarios para participar activamente en el diseño del mundo que viene.
La historia de la ciencia y la innovación demuestra que el talento de pensamiento lógico y analítico siempre ha existido, incluso allí donde la educación formal no llegó a tiempo. Existen mentes brillantes con una capacidad innata para la lógica, la resolución de problemas y la creatividad técnica que solo necesitan una oportunidad para florecer. La capacidad para observar, conectar ideas y prototipar soluciones no siempre nace en un aula universitaria; a menudo nace de la intuición y de la necesidad. Talento hay en todas partes; la oportunidad, en cambio, sigue estando desigualmente repartida.
Esta brecha es especialmente evidente cuando observamos el acceso de las jóvenes y niñas a las disciplinas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas). En diversas regiones del mundo, cuando se conectan escuelas con el ecosistema tecnológico, cuando se facilitan herramientas y, sobre todo, cuando se acercan referentes reales, la realidad cambia. No cambia la capacidad de esas jóvenes, que siempre estuvo ahí, sino su percepción de lo que es posible alcanzar.
Iniciativas globales como Girls in ICT, los programas de vocación científica o los hackathons juveniles no son solo actividades formativas: son puertas de acceso al futuro. No basta con transmitir el mensaje abstracto de que una niña puede ser ingeniera, científica o diseñadora de tecnología; hay que ofrecerle el entorno para descubrirlo y la confianza para ejercerlo.
Europa se encuentra en un momento decisivo. La apuesta estratégica por los semiconductores, los microchips y la inteligencia artificial busca reforzar el liderazgo y la autonomía tecnológica del continente. Pero el éxito de esta transformación no dependerá únicamente de los algoritmos que desarrollemos ni de la infraestructura que construyamos. Dependerá, de manera prioritaria, de la capacidad para identificar, formar e incorporar el talento diverso que hoy permanece oculto o infrautilizado.
Quienes formamos parte del sector tecnológico asumimos una responsabilidad compartida: innovar en soluciones avanzadas, pero también generar referentes, derribar barreras de entrada y transmitir una confianza firme en las nuevas generaciones. La educación técnica proporciona las herramientas, pero la confianza previa es el catalizador que permite a una persona superar límites y abordar retos complejos.
La alfabetización del siglo XXI consiste en convertir el conocimiento en autonomía, el talento innato en oportunidad real y la curiosidad en progreso compartido. El objetivo final es que cualquier persona, independientemente de su origen o género, pueda mirar el horizonte tecnológico y concluir: “Yo también puedo entenderlo. Yo también puedo crearlo. Yo también pertenezco aquí”.
La próxima gran innovación que transforme nuestra sociedad puede estar gestándose hoy en la mente de una niña que solo necesita un referente a quien mirar, un entorno para aprender y una voz firme que le diga que el futuro también le pertenece. Porque el rendimiento tecnológico no ocurre por casualidad: se diseña desde la confianza.
